El Faro
Siguiendo los pasos de su abuelo y
de su padre, cuidaba del faro desde hacía quince años. Cada tarde, poco antes
de caer el sol, subía a lo más alto a encender la gran linterna, a la vez que
comprobaba que los cristales de la vidriera estuvieran limpios e intactos. Salía
al balcón, respiraba hondo y miraba con emoción el atardecer con un café en la
mano.
Hacía diez años que no aparecía ningún
barco cerca de las costas de la isla, pero Alba no abandonaba su cometido. En
el pueblo, le preguntaban que por qué no abandonaba la isla y se buscaba la
vida en la gran ciudad, que era joven y estaba desperdiciando su vida metida en
aquel viejo faro. Pero la realidad era que ella era feliz así, viviendo entre
aquellas paredes curvas, escuchando las olas del mar rompiendo en las rocas,
oliendo a sal y algas cada día, pasando las horas leyendo y pintando.
A veces se preguntaba si pasaría
algo si no encendiera esa noche el faro, pero luego pensaba que, aunque no
recordara la última vez que avistó un barco, esa noche podría ser la noche en
la que algún barco, velero, barquita o, sencillamente, un náufrago, podría
llegar a su orilla.
Y así pasaron tres años más, sin un
barco a la vista, pero ese faro no dejó de iluminar el horizonte, sin saber que
ese diez de diciembre llegaría a la costa de la isla un pequeño barco pesquero
con un solo tripulante.
Simón llegó cansado, con la piel
curtida, cincuenta kilos de pescado recién cogido y el estómago vacío. Atracó
en el puerto y se encaminó al restaurante más cercano, donde Estrella lo esperaba
con una gran sonrisa.
“Qué pueblo tan curioso”, pensó.
Poca gente, y con la que se encontró, lo trataba como si llevara allí toda la
vida. Lo que Simón no sabía es que, realmente, su alma ya pertenecía a aquellas
rocas que formaban la isla. No lo sabría hasta que la conoció. En el momento en
el que Alba cruzó las puertas del restaurante y lo miró, sintió que ese era su
lugar.
El pequeño pesquero nunca fue más
allá de la frontera marítima, y Simón nunca se alejó más de un día del faro.
Y así siguió el linaje de
cuidadores del faro, aunque Alba siguió encendiendo la linterna durante veinte
años más.

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