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Tú. Yo.

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¿Cuándo fue la última vez que te paraste a mirar las flores? ¿Y las nubes? ¿Y los niños jugar? ¿Cuándo te paraste a observar a la gente pasear? Y lo más importante: ¿Cuándo te paraste a mirar tu interior? ¿Hace mucho? ¿Coincide con lo que ven otros? Porque lo que ven otros no siempre es acertado. Puedes tener un interior lleno de mariposas, colores, aromas y aire fresco y que los demás vean un desierto. Porque muchas veces aparentamos lo que no somos.  Pocos son capaces de ver más allá, sin indagar mucho, sólo observándote. Cómo tratas a los demás; tu manera de sonreír (que no a todos le sonríes igual); a quien dedicas tu tiempo libre... Eres lo que piensas cuando nadie mira; eres el que tira el papel del chicle a la papelera; el que manda un mensaje tonto, sólo porque quieres hablar con esa persona. Eres el cúmulo de impulsos que contienes; los besos y abrazos que das y que no das.  Eres inspiración para unas, fuerza para otros. Eres el héroe de tu hija, el enemigo de tu ex....

Patchouli y naranja

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Una nube cubría parcialmente la luna, rasgando su luz, dando la misma impresión que una cortina rota en una ventana de una casa abandonada. El humo de la pipa dibujaba figuras en el aire, haciendo más presente el recuerdo de su cuerpo desnudo paseando por la casa. Era una noche oscura, lluviosa, con un toque de melancolía que le hacía sonreír con amargura. Habían pasado diez años y aún tenía su olor grabado en la memoria. Patchouli y naranja. Jamás volvió a conocer a nadie que oliera así, y quizás era por eso por lo que la tenía tan presente. ¿Seguiría usando ese perfume? ¿O lo habría dejado de usar para olvidar lo que le ataba a él? Perfumista desde los dieciséis años, oficio aprendido de su padre, quien a su vez lo aprendió del suyo. Una tarde de primavera, siendo él el único encargado de la tienda, la conoció a ella. Llegó buscando un perfume único, que la definiera a la perfección. Después de un rato de charla, él lo tuvo claro: fondo intenso, como su personalidad, y notas frescas,...

El Mar

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La sal pegada en su piel bronceada por el sol. El pelo alborotado por el mar, el alma en calma. Las pupilas llenas de atardeceres, a cuál más bonito. Algunos de verano, otros con frío. El sonido de las olas resonando en sus oídos, como la melodía de su canción favorita. En su mente miles de recuerdos, de ayer y de hoy, de ti y de ellos, de nadie, de todos. El mar. Ella.  Nada más.

El Faro

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Siguiendo los pasos de su abuelo y de su padre, cuidaba del faro desde hacía quince años. Cada tarde, poco antes de caer el sol, subía a lo más alto a encender la gran linterna, a la vez que comprobaba que los cristales de la vidriera estuvieran limpios e intactos. Salía al balcón, respiraba hondo y miraba con emoción el atardecer con un café en la mano. Hacía diez años que no aparecía ningún barco cerca de las costas de la isla, pero Alba no abandonaba su cometido. En el pueblo, le preguntaban que por qué no abandonaba la isla y se buscaba la vida en la gran ciudad, que era joven y estaba desperdiciando su vida metida en aquel viejo faro. Pero la realidad era que ella era feliz así, viviendo entre aquellas paredes curvas, escuchando las olas del mar rompiendo en las rocas, oliendo a sal y algas cada día, pasando las horas leyendo y pintando. A veces se preguntaba si pasaría algo si no encendiera esa noche el faro, pero luego pensaba que, aunque no recordara la última vez que avist...

Mientras duermes

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Hoy no me apetece hablar. Hoy no me apetece sonreír. Hoy sólo quiero mirarte. Hoy sólo quiero verte dormir. Porque tu semblante me enamora, tu serenidad al dormir me hipnotiza, tu mano tocando inconscientemente la mía, me vuelve loca... Y rozar tu cara con mis dedos, besarte hasta que despiertes, abrazarte tiernamente para que sepas que sigo aquí, que nunca me fui. Dormir contigo es como viajar en barco. Tú eres el mar y yo me balanceo entre tus olas. Tu respiración roza mi piel y me da calor, como el sol en pleno agosto. Y cuando despiertas... Tus ojos iluminan la estancia, como si acabara de amanecer. Y yo me siento feliz, por poder volverte a tener. Morfeo tiene envidia, de que yo pueda amarte veinte horas al día y él sólo una, tal vez. Pero lo que no sabe es que cuando estás con él, yo también te disfruto, más que cuando él no te ve.

África

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  A África no le gusta estar rodeada de gente. Disfruta mucho de su soledad, de la música que escucha con sus auriculares y de la que pone en casa a toda voz. África pasea como si no existiera nadie, observando los balcones y sus plantas, el cortejo de las palomas en el parque, a esas tortugas que alguien metió en la fuente hace unos meses. Le encanta bajar a la playa en invierno, un par de horas antes del atardecer, para sentir la arena fría entre los dedos de los pies y escuchar a las gaviotas graznar. Mirar las olas rompiendo con suavidad en la orilla, dejando su espuma atrás y haciendo brillar las conchas que se asoman entre los granos. Para ella, son pequeños estímulos que le erizan la piel, que la hacen feliz, y que sólo quiere para ella. Cuando ya se hace de noche, siendo sólo las seis de la tarde, se acerca a su cafetería favorita. Esa en la que no saben su nombre, pero saben que todos los días pide un té rojo con canela y azúcar moreno. A veces se lo toma allí, otras...