Patchouli y naranja

Una nube cubría parcialmente la luna, rasgando su luz, dando la misma impresión que una cortina rota en una ventana de una casa abandonada. El humo de la pipa dibujaba figuras en el aire, haciendo más presente el recuerdo de su cuerpo desnudo paseando por la casa.

Era una noche oscura, lluviosa, con un toque de melancolía que le hacía sonreír con amargura. Habían pasado diez años y aún tenía su olor grabado en la memoria. Patchouli y naranja. Jamás volvió a conocer a nadie que oliera así, y quizás era por eso por lo que la tenía tan presente. ¿Seguiría usando ese perfume? ¿O lo habría dejado de usar para olvidar lo que le ataba a él?

Perfumista desde los dieciséis años, oficio aprendido de su padre, quien a su vez lo aprendió del suyo. Una tarde de primavera, siendo él el único encargado de la tienda, la conoció a ella. Llegó buscando un perfume único, que la definiera a la perfección. Después de un rato de charla, él lo tuvo claro: fondo intenso, como su personalidad, y notas frescas, como su voz. Patchouli y naranja.

Una vez al mes, ella volvía con su tarrito casi vacío. Él le volvía a crear su perfume, sin decirle que era exclusivo para ella, que no pretendía vendérselo a nadie más. Y así forjaron una bonita amistad, la cual con el tiempo se convirtió en amor. Un amor puro, apasionado, profundo, que duraría quince años. 

Ella había estudiado Bellas Artes, y el destino decidió que debía marcharse lejos, dejando todo atrás: su amor y su perfume. 

Se escribieron durante el primer año, pero las cartas llegaban cada vez más espaciadas en el tiempo, hasta que cesaron.

Nunca más supo de ella. Nunca más volvió a verla, a recorrer su cuerpo con sus suaves manos. Nunca más escuchó su voz. Nunca más olió su perfume. Patchouli y naranja. Pero aún así, la recordaba cada día. 




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