Siguiendo los pasos de su abuelo y de su padre, cuidaba del faro desde hacía quince años. Cada tarde, poco antes de caer el sol, subía a lo más alto a encender la gran linterna, a la vez que comprobaba que los cristales de la vidriera estuvieran limpios e intactos. Salía al balcón, respiraba hondo y miraba con emoción el atardecer con un café en la mano. Hacía diez años que no aparecía ningún barco cerca de las costas de la isla, pero Alba no abandonaba su cometido. En el pueblo, le preguntaban que por qué no abandonaba la isla y se buscaba la vida en la gran ciudad, que era joven y estaba desperdiciando su vida metida en aquel viejo faro. Pero la realidad era que ella era feliz así, viviendo entre aquellas paredes curvas, escuchando las olas del mar rompiendo en las rocas, oliendo a sal y algas cada día, pasando las horas leyendo y pintando. A veces se preguntaba si pasaría algo si no encendiera esa noche el faro, pero luego pensaba que, aunque no recordara la última vez que avist...