Tú. Yo.

¿Cuándo fue la última vez que te paraste a mirar las flores? ¿Y las nubes? ¿Y los niños jugar? ¿Cuándo te paraste a observar a la gente pasear? Y lo más importante: ¿Cuándo te paraste a mirar tu interior? ¿Hace mucho? ¿Coincide con lo que ven otros? Porque lo que ven otros no siempre es acertado. Puedes tener un interior lleno de mariposas, colores, aromas y aire fresco y que los demás vean un desierto. Porque muchas veces aparentamos lo que no somos. 

Pocos son capaces de ver más allá, sin indagar mucho, sólo observándote. Cómo tratas a los demás; tu manera de sonreír (que no a todos le sonríes igual); a quien dedicas tu tiempo libre...

Eres lo que piensas cuando nadie mira; eres el que tira el papel del chicle a la papelera; el que manda un mensaje tonto, sólo porque quieres hablar con esa persona. Eres el cúmulo de impulsos que contienes; los besos y abrazos que das y que no das. 

Eres inspiración para unas, fuerza para otros. Eres el héroe de tu hija, el enemigo de tu ex. 

Eres el sueño prohibido, el placer mundano. 

Y yo ¿qué soy? Soy eso que sientes cuando me ves, eso que no quieres reconocer. 

Soy lo que ves, pero no del todo. 

Soy fuego, soy mar, soy una brisa. 

Soy amor, soy coraje, soy... no sé... ¿qué soy? Sólo sé que soy capaz de describirte sin conocerte, y yo, que me conozco mejor que nadie, no soy capaz de describirme. 

O quizá es que no quiero. Prefiero que me descubras y le hables a los demás como yo hablo de ti. Con el corazón.

Estas palabras no son para nadie. O quizá sí. No lo sé. Pero a lo que iba, que me desvío: ¿has visto qué bonitas las nubes de esta mañana? ¿Te has parado a mirar el atardecer? ¿O hace mucho que no lo haces?



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