La ventana

 Desde su ventana no ve el mar, pero igualmente lo siente cerca. Desde su ventana ve algunos edificios, la esquina de la azotea del ayuntamiento, un pueblo lejano y cuatro montañas que parecen dos camellos acostados. O cuatro dromedarios, como prefieras verlo.

También ve el amanecer, tanto en invierno como en verano, y la salida de la luna. Qué espectacular es la salida de la luna. Naranja y enrome, da igual si está en cuarto creciente, cuarto menguante o llena. Y qué gozada ver salir el sol cada vez que tiene que madrugar. Porque madrugar es lo que más detesta en este mundo, pero ver amanecer lo compensa.

Desde su ventana ve las golondrinas, cernícalos, gaviotas y palomas pasar, de día. De noche, cuando no puede dormir y se queda despierta hasta bien entrada la madrugada, ve lechuzas y mochuelos, y escucha las ranas de la urbanización de enfrente.

Pero lo que más le gusta es ver las tormentas eléctricas. Rayos, relámpagos y la lluvia caer después. Desde su ventana no se moja, porque la lluvia y el levante no son compatibles. Aunque ha habido veces que, en noches de temporal, ha tenido que disfrutar de la tormenta desde atrás del cristal.

En su ventana no hay flores, porque las palomas anidan y las matan. Eso le crea nostalgia, porque cuando su abuelo vivía, la tenía repleta de geranios. Geranios rojos, rosas y blancos. Y caían por la fachada, creando una cortina de color. Cuando su abuelo vivía no había tantas palomas.

Y es que esa ventana, que sigue sin ser suya realmente, era primero de sus abuelos. Quizás sea lo que más le gusta de su ventana, que sin ser suya en propiedad, es suya en alma, porque está llena de recuerdos bonitos que nacen desde su primer día de vida.



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