África
A África no le gusta estar rodeada de gente. Disfruta mucho de su soledad, de la música que escucha con sus auriculares y de la que pone en casa a toda voz.
África pasea como si no existiera
nadie, observando los balcones y sus plantas, el cortejo de las palomas en el
parque, a esas tortugas que alguien metió en la fuente hace unos meses.
Le encanta bajar a la playa en
invierno, un par de horas antes del atardecer, para sentir la arena fría entre los
dedos de los pies y escuchar a las gaviotas graznar. Mirar las olas rompiendo
con suavidad en la orilla, dejando su espuma atrás y haciendo brillar las
conchas que se asoman entre los granos. Para ella, son pequeños estímulos que
le erizan la piel, que la hacen feliz, y que sólo quiere para ella.
Cuando ya se hace de noche,
siendo sólo las seis de la tarde, se acerca a su cafetería favorita. Esa en la
que no saben su nombre, pero saben que todos los días pide un té rojo con
canela y azúcar moreno. A veces se lo toma allí, otras, se lo bebe por el
camino, hasta llegar a aquella plazoleta en la que los niños juegan y los
abuelos charlan.
Porque, a pesar de no gustarle
estar rodeada de gente, disfruta viendo a desconocidos ser felices juntos. Así de
irónicos somos los humanos algunas veces…
(Continuará… o no).

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